
Por Magister Ingrid Pedersen. Promover el concepto de la gobernanza en las aulas, en definitiva dotara a las nuevas generaciones de la capacidad de superar la improvisación política y comercial. Los prepara para participar en las futuras mesas de gestión, comités de turismo y modelos colaborativos ante situaciones de crisis.
La gobernanza como ruptura pedagógica y modelo constructivista
Llevar la gobernanza a la escuela secundaria implica romper con la visión lineal de la actividad. Tradicionalmente, se enseñaba que el desarrollo turístico dependía exclusivamente de las decisiones unilaterales del Estado o del libre mercado. La gobernanza, entendida desde los marcos de investigación de vanguardia, introduce a los estudiantes en un nuevo proceso directivo de la sociedad. En este enfoque, el Estado es un agente necesario, pero ya no suficiente; la gestión real exige la creación de redes de cooperación y la concertación de lógicas públicas, privadas y colectivas que cohabitan en un mismo destino.
Desde una perspectiva pedagógica constructivista, la gobernanza transforma el aula en un laboratorio social. Los alumnos dejan de ser receptores pasivos y aprenden a analizar el territorio como un espacio dinámico y construido socialmente. El concepto los obliga a comprender las interacciones entre los distintos nodos de la cadena productiva:
- El sector privado, como principal proveedor de servicios y dinamizador económico.
- El sector público, que debe velar por la preservación de los bienes comunes y la articulación en diversos niveles territoriales.
- La comunidad receptora, cuyas aspiraciones y calidad de vida deben ser el eje central de cualquier política turística, aunque históricamente no hayan sido explícitamente recogidas.
La Evolución del Concepto de Gobernanza y su Pertinencia en el Campo Turístico
Para comprender por qué la gobernanza es un contenido transversal y crítico en la formación de los futuros profesionales del sector, es necesario precisar su densidad teórica. Aunque el término posee raíces históricas de larga data, su conceptualización moderna se instaló en la década de 1980 y alcanzó su auge en la segunda mitad de los años noventa. Su evolución teórica reconoce confluencias entre las teorías del desarrollo, el management público y, fundamentalmente, los enfoques contemporáneos sobre la transformación del Estado, derivando en lo que la literatura científica denomina una teoría sociopolítica de la gobernanza.
Dentro de la investigación turística actual, la gestión de destinos ha adoptado la gobernanza como el marco analítico por excelencia para estudiar las variaciones en las formas de gobernar a nivel local. Autores de referencia como Velasco (2008) sostienen que el turismo constituye un laboratorio empírico excepcional para analizar la dinámica real de la gobernanza debido a tres factores intrínsecos de la actividad:
- Co-responsabilidad sectorial: Exige de manera nativa la cooperación y complementariedad entre las esferas pública y privada.
- Implicación comunitaria: Demanda la inclusión activa de la sociedad receptora para garantizar la hospitalidad y la viabilidad del destino a largo plazo.
- Transversalidad de la cadena: Al integrar subsectores independientes y en ocasiones con lógicas contradictorias (transporte, hotelería, gastronomía, comercio, áreas protegidas), la coordinación se vuelve un desafío sistémico complejo.
De este modo, la gobernanza emerge como un nuevo enfoque de gobierno que responde a la progresiva complejidad de los destinos, buscando satisfacer las necesidades de los habitantes mediante la participación simétrica de todos los actores en el diseño e implementación de las políticas públicas.
Comprender el entramado institucional para generar progreso real
Llevar este debate a las aulas permite que los jóvenes entiendan que el éxito de un destino no se mide bajo un criterio estrictamente lineal de crecimiento económico. Citando los aportes teóricos de la Nueva Economía Institucional (NEI), la función de producción del turismo y sus impactos socioeconómicos reales dependen de manera directa de las «reglas de juego» y de cómo se gestionan las relaciones interpersonales e institucionales.
Cuando un estudiante secundario asimila estas premisas, adquiere herramientas críticas para identificar las asimetrías de poder y los desafíos operativos de sus propios municipios.
Comprende que el rol de los gobiernos locales debe evolucionar hacia una Nueva Gestión Pública Local, actuando como un animador territorial que neutralice los desequilibrios y fomente la cohesión social. Aprender gobernanza en la escuela es aprender que la planificación participativa se hace con el territorio y no para el territorio, identificando y co-diseñando junto a los vecinos las particularidades identitarias para transformarlas en atractivos sustentables y respetuosos.
Conclusión: Formar para la concertación, no para la improvisación
En definitiva, la gobernanza en las aulas dota a las nuevas generaciones de la capacidad de superar la improvisación política y comercial. Los prepara para participar en las futuras mesas de gestión, comités de turismo y modelos colaborativos ante situaciones de crisis.
Enseñar turismo bajo el prisma de la gobernanza es sembrar la semilla de una cultura democrática y profesional en el sector. No se trata de educar a los estudiantes bajo la utopía de la ausencia de conflicto, sino de brindarles las capacidades institucionales necesarias para canalizar las tensiones del territorio. Solo así podremos transformar la confrontación en acuerdos sostenibles que protejan el patrimonio común, mitiguen el drenaje de recursos y democraticen el beneficio económico local.
Magister Íngrid Pedersen. Docente, Consultora, investigadora iadripedersen@gmial.comhttps://wa.me/5493764397133 Pss 08/07/2026.-
Fuentes: Cristina Iglesias, Mayo 2026 Universidad Nacional de Quilmes.
