Del Imperio Romano al Vaticano

“Sin muerte no hay resurrección y sin resurrección no hay iglesia” José Saramago.

                                               Alfredo César Dachary

La religión católica hoy comparte Roma, la antigua capital del Imperio Romano y la actual de la República Italiana y, dentro de ella, el Vaticano es un pequeño país sin poder militar, pero si económico, social y político, como se ve hasta en nuestra era. La pregunta es ¿por qué la iglesia católica es un reinado que no tiene similares?, si lo comparamos con la iglesia de un imperio moderno, el Reino Unido y en cierta medida del imperio actual, Estados Unidos.

Para responder a esta pregunta fui a uno de los intelectuales con trabajos sobre el tema más reconocidos, se trata de Peter Brown que escribió el libro “Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.)” (2016).

Entre sus obras está “El mundo de la antigüedad tardía, poder y persuasión en la antigüedad tardía” y su trabajo clásico sobre el declive del imperio romano, donde no se limita a la pérdida del poder sino a las transformaciones que se habían logrado en esa etapa de máximo esplendor de la península itálica.

El catolicismo pasó en Roma y las ciudades del imperio y otras más de ser una secta perseguida, encerrada y sacrificada a ser una religión de Estado, que le permitirá sobrevivir un tiempo más al gran imperio dividido entre Oriente y Occidente, el primero con capital en Constantinopla y el otro en Roma.

En el año 415, cinco después de que los godos tomaran Roma, Agustín de Hipona anunció un futuro en el que la sociedad estaría compuesta exclusivamente por personas que escrutarían a diario su conciencia y sus pecados mientras rezaban el Padrenuestro.

El pronóstico, de acuerdo con el santoral, se habría cumplido ya en 446, fecha en que los siete jóvenes durmientes de Éfeso despertaron de un sueño que duraba desde el año 252, cuando se escondieron en una cueva huyendo de los sicarios de Decio y un sopor divino se apoderó de ellos. Los muchachos se levantaron una mañana convencidos de que había transcurrido sólo una noche y quedaron perplejos al descubrir que se hallaban en un mundo «santificado con iglesias y cruces». Que las cosas ocurrieran así es dudoso, pero que el mundo había sufrido un profundo cambio lo confirma un cronista de entonces, Próspero de Aquitania, quien habla del Siglo V, no como del siglo de la caída del Imperio Romano, sino del ascenso de la Iglesia cristiana. “Es gloria de los santos que el mundo entero se someta a Dios y a sus leyes”, dice Próspero mientras repasa las disputas contra pelagianos o donatistas, mucho más decisivas, a su juicio, que las batallas por las fronteras de Roma o la suerte de los emperadores.

Pero el camino de la iglesia no fue fácil, ya que habían pasado trescientos años de sinsabores que necesitaron los cristianos para afianzar su posición y siglo y medio más de difíciles transacciones para conseguir la hegemonía.

Así, desde que Pedro bautizó al primer gentil, un centurión romano de nombre Cornelio, la nueva fe no hizo otra cosa que poner de relieve sus ansias universalistas, equiparables sólo a la voluntad integradora del propio Imperio Romano que se había extendido por toda Europa, y ello lo debilitó y llevó al declive.

          Esta dimensión política, negada taxativamente por los apologistas cristianos, es la causa de que fueran perseguidos primero por los judíos y luego por los romanos, que los consideraron un grupo subversivo, al que atribuyeron innumerables actos de sedición o terrorismo: desde el incendio de Roma en tiempos de Nerón a la revuelta que dio lugar a la destrucción del templo de Jerusalén en tiempos de Tito.

La calificación de sediciosos y terroristas se dio pese a que los cristianos insistieran en que para ellos sólo la transcendencia del alma tenía importancia, pero para el imperio sus ideas constituían una amenaza para el orden establecido.

Con la proclamación de la igualdad de los hombres y la ilegitimidad de la riqueza, los primeros cristianos defendieron una posición socialista en una sociedad en la que la posición social dependía del patrimonio y, por ello, ésta socavaba los fundamentos del sistema romano y explica, sin duda, las persecuciones.

En la segunda de las diez que hubo entre Nerón y Diocleciano, la de Domiciano, a finales del siglo I, aparecía entre los perseguidos la hija de un senador y ello fue una prueba que el cristianismo atrajo pronto a amplios sectores de la población, y no los más pobres como algunos imaginaron, y su penetración fue tan rápida que, durante el reinado de Séptimo Severo, en torno al año 200, había comunidades cristianas en todas las provincias del Imperio.

La táctica romana de la persecución y el aplastamiento funcionaba mal. Quién más cerca estuvo de causar un grave daño al movimiento cristiano fue Decio con la publicación en el año 250 de un edicto exigiendo a todos los ciudadanos un certificado de un oficial romano que acreditara la realización de al menos un sacrificio en honor del emperador. Muchos cristianos accedieron para evitar dificultades (lo habitual solía ser comprar el certificado sobornando a los oficiales), aunque cuando las aguas volvieron a su cauce, tras el inevitable rosario de ejecuciones, surgió un serio problema dentro de la Iglesia: ¿había que admitir a los réprobos que se plegaron a las exigencias del Estado en vez de sostener en alto la palma del martirio o rechazarlos como traidores?

Esto era una cuestión peliaguda y el conflicto se saldó, como era lógico tratándose de un movimiento dispuesto a ampliar los confines éticos de la civilización romana hasta su misma ruina, con la derrota de los donatistas, grupo partidario de la expulsión.

Éstos estaban convencidos de que la Iglesia no podía existir sin santidad, la cruz era el camino que había enseñado Cristo y la Iglesia soñaba con no dejar a nadie fuera de su seno. Había que abrir las puertas a todos, no sólo a los santos y virtuosos. Y el número de cristianos prosperó y creció hasta el punto de que Constantino, en el Siglo IV, optó por dar un giro radical a la política del Imperio, legalizando su culto, primer paso en el camino que le llevaría a la condición de religión oficial.

El historiador irlandés, muy conocido desde que en los años 70 propuso interpretar el declive del Imperio Romano como una metamorfosis y no como un proceso de decadencia, analiza la transición desde el orden romano al orden cristiano tomando como hilo conductor el concepto de riqueza como tal.

 El resultado final de su investigación es que, entre el Siglo IV y el VI, se pasó de una visión pagana de la riqueza, en que ésta era considerada un excedente que justifica el lujo de los poderosos, a una visión cristiana en la que la riqueza sólo es aceptable si es transferida «hacia arriba» (el tesoro en la tierra debe convertirse en tesoro en el cielo).

La creencia de que los bienes de este mundo son de Dios y que deben ponerse en manos de la Iglesia para que ésta los administre en favor de todos los hombres se convirtió así en una de las bases ideológicas del Medievo, y por supuesto, los beneficios mencionados son espirituales y están relacionados directamente con la salvación del alma, no con el bienestar material, al modo en que se comprende hoy.

El libro comienza con una cita del evangelio de Mateo: la respuesta que da Jesús al joven rico que le pregunta qué debe hacer para perfeccionarse. «Vende todos tus bienes y dáselos a los pobres, que así tendrás un tesoro en los cielos», le dice.

¿Cómo es entonces que en la época de expansión cristiana muchos romanos decidieron obrar de acuerdo con las palabras de Jesús? Creemos que tuvieron que conjugarse multitud de factores: la novedad de su mensaje, el asombro que produciría la manera en que los cristianos aceptaban el martirio –«la sangre de los mártires, que es la simiente de la Iglesia»–, su misticismo del fin del mundo, tan oportuno en una época de crisis radical, las dificultades que anunciaban a los ricos para salvarse.

A partir del Siglo IV, debido a la inseguridad política derivada de las continuas guerras civiles, la propiedad empezó a verse como una carga, y de que Constantino, al apoyarse en sectores cristianos, forzó a los potentados a invertir en el más allá, pero al margen de ello, y como afirma Brown, la posibilidad de especular con la gloria eterna parece no haber chocado con la mentalidad de un pueblo que trató con los dioses y que consideraba el patronazgo y la beneficencia dos obligaciones inherentes a la riqueza, una riqueza que, no se olvide, era fruto de la conquista militar y sostenía, mediante complejas redes clientelares, a una enorme masa de ciudadanos que vivía de donativos.

Del mismo modo que los potentados romanos fueron desviando la riqueza hacia la Iglesia, los cristianos abandonaron los feroces discursos iniciales contra ella hasta aceptar que se trata de un don divino que, supeditado a un fin espiritual, puede convertirse en la llave que abre la puerta que conduce a la vida eterna.

 Para Brown, el cristianismo fue el inventor del pobre como ideal reivindicativo, ya que los indigentes del pópulo romanus, alimentados por el Estado, no eran considerados menesterosos a los que se ofrece limosna, sino ciudadanos con derechos.

Si bien la frase «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» se ha explicado siempre de otra manera, detrás de ella se esconde manifiestamente la convicción de que todo es de Dios y que, por tanto, lo temporal debe supeditarse a lo espiritual. Sólo así el tiempo humano será moralmente aceptable.

Que Agustín celebrara la caída de Roma y viera en ella la aniquilación de la historia, concebida precisamente como el injusto orden terrenal, no es una casualidad, la ciudad terrena puede hundirse, de hecho, se hunde, pero no la ciudad de Dios.

Hoy estamos familiarizados con ese tipo de maniobras retóricas porque son las mismas que utilizan los actuales enemigos del sistema. Símaco, último pagano que desempeñó el cargo de prefecto de Roma, y Ambrosio de Milán, advertiremos sin duda cierto aire de familia con los debates entre los miembros del establishment y los populistas de hoy.

Ambrosio escribió una cantidad de sermones contra la propiedad privada e igual hicieron los predicadores orientales, Juan Crisóstomo, por ejemplo. Brown no sólo recoge las críticas de unos y otros a la acumulación de bienes de los ricos, sino que reconstruye los supuestos.

Así se fue construyendo el imperio cristiano a cuya cabeza está el Papa y, más de veinte siglos después, sigue con plenos poderes en temas importantes del orden mundial.

Doctor. Alfredo César Dachary MX.  cesaralfredo552@gmail.com   créditos fotográficos  pexels-ozgur-kaya-575422504-19248421

Qué te pareció?
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
Scroll al inicio