
Por Alfredo César Dachary “Las noticias falsas en la época de la posverdad”. A. Espino.
Estamos en la era de la posverdad, donde los hechos, los datos, los argumentos y las realidades objetivas pesan cada vez menos en el ánimo social, ya que lo que mueve a la gente son los estímulos que confirman sus prejuicios, y que activan sus intuiciones y apelan a sus emociones.
Tras el referéndum sobre el Brexit y la elección de Donald Trump en 2016, la gran batalla de los gobiernos liberales contra las fake news parte de una premisa: si la gente estuviera bien informada, votaría correctamente, es decir, a su favor. ¿Podría ser, por el contrario, que la contestación, a veces descabellada, del discurso dominante exprese una auténtica aspiración popular al cambio?
El término fake news trata de un concepto anglosajón para referirse a lo que nosotros conocemos como noticias falsas, pero muchos investigadores, expertos y analistas en términos y modismos de esta naturaleza consideran que es mejor hablar de noticias falsas y no de fake news, pero este término se hizo popular, ante el uso intensivo en las redes sociales, verdadero operador de la información en la sociedad y de los principales propagadores de “noticias falsas”.
Durante la segunda toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y teniendo como marco de referencia a los grandes propietarios de las diferentes cadenas y corporaciones de Estados Unidos y a nivel mundial, los operadores de Silicon Valley, se da esta revolución “silenciosa” por tener un crecimiento geométrico aunque sus resultados, en vez de aportar, mal informan a la sociedad y el mismo Papa Francisco alertó contra la “desinformación” y sus consecuencias, ya que hoy el mundo está operado por estas redes sociales donde el bulo, el cuento o la mala fe, operan contra los ciudadanos.
El Papa Francisco repetía que “se simplifica la realidad para generar reacciones instintivas”, era el camino corto para imponer ideas y promover un modelo que está colonizando al ciudadano, adelantándose a la época en la que domine la inteligencia artificial.
El papel del Brexit en el referéndum de la Unión Europea generó la proliferación de titulares provocativos sobre las “noticias falsas” y la “posverdad” reposa, con alguna que otra variante, en un solo relato: la información jerarquizada por los algoritmos que le dan preminencia a lo viral y la formación de comunidades por afinidad y la fractura entre ellas, refuerzan nuestros sesgos cognitivos y favorecen las informaciones falsas en detrimento de los “hechos”.
Así, las innumerables tribus autorreferenciales alojadas en medios de comunicación también compartimentados: los activistas universitarios recurren a Bluesky y los neofascistas vociferan en X, y hay canales de YouTube y cuentas de Instagram al gusto de cualquier sensibilidad.
Se supone que la capacidad de debatir, de escucharse mutuamente y de resolver conflictos por medio de la razón van dejando paso, poco a poco, a una guerra digital alimentada por la ambición política de unos cuantos poderosos, como Elon Musk.
En abril de 2023, Elon Musk anunció que iba a poner en marcha algo que denomino TruthGPT, o sea, una inteligencia artificial suprema que busque la verdad o que busque entender la naturaleza del universo, una fantasía peligrosa, que antes fueron adoptadas de forma referente por la religión.
Desde el punto de vista social y político, la función más importante que ha ejercido la religión, ha sido la de proporcionar una legitimidad sobrehumana al orden social, según Harari.
En el centro de cada religión se halla la fantasía de conectar con una inteligencia sobrehumana o infalible, de allí que, en el estudio de las religiones, emergen los debates actuales que hay sobre la inteligencia artificial.
Los libros religiosos como la Biblia y el Corán funcionan como una tecnología para esquivar la falibilidad humana y se han creado religiones como, el judaísmo, cristianismo e islamismo alrededor de ese artefacto tecnológico.
En esta guerra de posiciones, más que de ideas, la principal víctima es la propia verdad y con ello se afecta nuestra capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, algo que cada vez es más difícil de identificar. Con esta transformación se han generado dos evoluciones relevantes, siendo la primera la que ha sido muy bien descrita por el periodista estadounidense Matt Taibbi: ya no es solo que la política haya “dejado de ser una cuestión de ideología para convertirse en un asunto de información”, sino que “en la actualidad, nuestra relación con los hechos es semejante a nuestra relación con las mercaderías: lo que tenemos es un mercado de los hechos”.
Según esto, en el espacio público, ya no son las ideas las que se ponen a competir, sino los propios hechos, los cuales se valoran al alza o a la baja en función de su capacidad para llamar la atención en las plataformas digitales. El mercado, pues, ha conquistado la esfera pública: lo verdadero es lo que mejor se vende. Por otro lado, al permitir el acceso de los profanos a un ámbito reservado al ejercicio profesional, las redes sociales han roto un monopolio hasta entonces reivindicado por los grandes medios de comunicación. De ahí que se multipliquen los llamamientos a imponer algún mecanismo regulatorio frente a semejante desintermediación con el fin de restaurar la jerarquía del saber y proteger a la población de la mentira.
Aunque hay parte de verdad en estas interpretaciones (y en sus variantes), lo cierto es que dejan mucho que desear. De entrada, extrapolan en gran medida los efectos de la desinformación a las dinámicas políticas contemporáneas. Se concedió una atención extravagante a las falsas cuentas rusas durante la campaña electoral de Donald Trump de 2016; sin embargo, rara vez se señala que el contenido de esas cuentas apenas representó el 0,004% de lo que vieron los usuarios de Facebook durante la campaña presidencial.
En términos más generales y como apunta un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature en vísperas del segundo mandato de Trump, los artículos poco fiables correspondieron al 5,9% de las visitas de los ciudadanos estadounidenses a páginas informativas en 2016. Pero, cuando se incluye la televisión, éstas solo llegaron “al 0,1% del régimen mediático de los ciudadanos estadounidenses”.
Por último, otra investigación publicada en Science afirmó que el consumo de esas informaciones falsas concierne, sobre todo, a un pequeño grupo de votantes cuyas opiniones son ya relativamente extremas. En Twitter, el 1% de los usuarios acumulaba el 80% de las exposiciones a las noticias falsas, lo que significa que no es que fueran llevados a error al dar con una determinada información, sino que buscaron una información susceptible de confirmar su “error”.
La desinformación
La mayor parte de la literatura académica sobre la “desinformación” asume, en realidad, un imponderable: si el público hubiera recibido información “buena”, el Reino Unido seguiría siendo miembro de la Unión Europea y los demócratas estadounidenses aún ocuparían la Casa Blanca. Si la gente se pasara de X al diario The New York Times, la historia seguiría otro curso.
Estos estudios parten del postulado de que una persona bien informada no puede desear el abandono de la Unión Europea ni el proteccionismo. Dicho de otro modo: según este modo de ver las cosas, todo cuestionamiento del marco liberal tiene su origen en un desconocimiento de los hechos.
Este argumento se enfrenta a dos objeciones:
- La primera es que cabe poner en duda que los partidarios de candidatos más clásicos se vean más movidos por la razón que el resto.
- La segunda, que cuesta explicar el singular éxito de la extrema derecha apoyándose en modelos psicológicos.
Tras la Primera Guerra Mundial, en la que combatió como sargento de infantería, el historiador francés Marc Bloch se volcó en el estudio de la génesis y la difusión de las “noticias falsas” que alimentaron el conflicto: “El error solo se propaga, solo se amplifica – analizó entonces el fundador de la escuela de Annals- como consecuencia de una condición: que encuentre un caldo de cultivo favorable en la sociedad por la que se difunde. A través de él, y de modo totalmente inconsciente, las personas expresan sus prejuicios, sus odios, sus lamentos, todas sus emociones fuertes”.
Añadió: “Un acontecimiento, una mala percepción que, por ejemplo, no fuese en el mismo sentido al que se inclina el sentimiento espiritual colectivo, podría como mucho dar origen a un error individual, pero no a un bulo popular de gran difusión”.
Esta perspectiva invita a invertir los términos de la explicación.
No son los algoritmos ni nuestros sesgos cognitivos los que socavan la legitimidad de las instituciones, sino que es el declive de esta legitimidad lo que propicia el auge de las aspiraciones más radicales de cambio. Además, la erosión de la confianza en las democracias liberales no provoca una carencia de espíritu crítico, sino lo contrario: sectores cada vez mayores de la población consideran que ya no pueden dar crédito a los científicos ni a los expertos, y en lo sucesivo basan sus juicios en una búsqueda personal.
En cierto sentido, los escépticos de las vacunas o los seguidores de las teorías de la conspiración están más informados —aunque no necesariamente mejor— que las personas que confían en lo que le receta su médico o en el discurso que ofrecen las instituciones. Si usted cree que el 11 de septiembre fue una maquinación organizada por la Administración de Bush para emprender una serie de “guerras contra el terrorismo”, probablemente haya dedicado un montón de tiempo a analizar documentos y videos con el fin de establecer sus propias distinciones entre lo verdadero y lo falso.
A menos que uno mismo se convierta en un experto en ámbitos a menudo muy técnicos, esta búsqueda está abocada al fracaso. Nuestras relaciones con el saber pasan siempre por una delegación de confianza.
Al negarnos a entregársela a los especialistas reconocidos, lo único que hacen los escépticos es orientar su confianza hacia otros actores (influencers, blogueros, etc.) que juzgan más creíbles. Como resume el politólogo Henrik Enroth, “la situación de posverdad no equivale a un rechazo de los hechos o a una degradación de la verdad en cuanto tal”, sino más bien a “una desconfianza generalizada e intensificada” hacia las autoridades a cargo de la instauración del conocimiento.
Por Doctor. Alfredo César Dachary. México cesaralfredo552@gmail.com
